- ¿Qué pasa que no llegamos, nene?
La voz de la supervisora era tan dura como sus ojos verdes y acuosos; como los tubos de bajo consumo que iluminaban ese mundo de plástico con atmósfera acondicionada en un perpetuo invierno.
- Me parece que vamos a tener que ir menos al baño y vender más ¿No?
Jugaba con la lapicera Bic entre sus dedos suaves, afilados, impecables.
- Es que...
Acostumbrado a que le hablen de costado, desde arriba, de espaldas o por teléfono, a Sergio le resultaba difícil la comunicación cara a cara, en privado, con Juli. Su team leader.
- Tu métrica es inferior al promedio, además, se ha registrado que el lunes pasado atendiste un llamado y se te escapó un poco de acento ¿Verdad?
Sonreía con crueldad, con esos dientes perfectos. Las manos perfectas de Juli descansaban sobre la pila de hojas A4 abrochadas en grupos de 3 o 4 y perfectamente ordenadas. Ver la cantidad de currículums de gente desesperada por ocupar su lugar le hacía sentir a Sergio más terror que una tenaza rodeando sus genitales.
- No estoy durmiendo bien, Juli.
- Acá no te pagamos para que duermas, querido.
Levantó una ceja y cruzó una pierna. Sergio se preguntó, en medio de su apatía, cuántas veces habrá ensayado ese gesto.
- No, ya sé, quiero decir que no estoy descansando bien y por eso no rindo bien... y creo que necesito ir al médico...
- Ah, sos blandito, qué lástima que un chico joven sea tan flojo; tus compañeros trabajan la misma cantidad de horas que vos y ninguno se ha quejado.
Hermosa, fría y malvada. Juli nunca se lo planteó de manera conciente, pero disfrutaba de ejercer esa conjunción.
- Eso no es cierto.
La voz de Sergio era un hilo finito. Pensó en su dolor de cervicales, en el zumbido que sentía en el oído todas las noches cuando intentaba dormir.
- ¿Perdón? ¿Dijiste algo? Tu ficha médica dice que estás diez puntos, así que no veo por qué deberías ir al doctor.
- Ese informe tiene dos años, es de cuando entré.
Pensó en cuántas ocasiones le pareció escuchar la voz de Juli taladrándole la cabeza, mientras hacía el amor con su novia, mientras conversaba con amigos en una reunión, mientras se levantaba cada día. Pensó en el bruxismo que le arruinó la dentadura durante el último año.
- No discutas, nene, porque las cosas pueden empeorar.
Sergio alzó la vista y la miró fijo a los ojos.
- ¿Eso es una amenaza? ¿Me estás amenazando?
El hilo finito era ahora una soga. Trató de visualizar el futuro que él, a los diecisiete años, imaginaba para su edad actual, 27. No se acordaba.
- Tomatelo como quieras. Te puedo decir lo que se me antoje. No hay nadie más que vos y yo acá. Nadie nos está mirando ni escuchando, así que olvidate de imaginar denuncias por maltrato o mariconadas por el estilo ¿Está claro, pibe? Si no llegás al nivel de métricas planteado, la vas a pasar muy mal acá. No te vamos a echar, quedate tranquilo, pero muy mal la vas a pasar.
- Juli, por favor, tengo problemas personales... estoy con exámenes, me subieron el alquiler, mi novia se distanció...
La soga de su voz se retorcía, se anudaba. Pensó en la cantidad de veces que había maltratado a su novia porque sí, en su creciente incapacidad para retener información. Cada día le costaba más fijar ideas. Cada vez era más dificil sentir cosas.
- Podés llorar todo lo que quieras, pero acá te pagamos por trabajar, no por llorar. Que te quede cla-ri-to.
Marcó cada sílaba con un golpecito de su Bic en el escritorio. Se pasó un mechón rubio por detrás de la oreja y esperó una reacción.
- Pero le pongo toda mi energía a esto... no puedo pensar en otra cosa, por eso me atrasé con el estudio, me dejó mi pareja...
Su voz se quebró como una madera vieja. Una lágrima se asomó. Ahora sí estaba, literalmente, llorando. Cada día sentía más indiferencia por sus afectos, intereses, metas; cada vez más, todo lo suyo se volvía lejano, ajeno.
- Si no te gusta, la puerta no tiene candado.
Juli sacó un pañuelo descartable del bolsillo de su camisa impecable y se lo alcanzó a Sergio con la mano izquierda. Lo miró con falsa lástima, como perdonándole la vida.
- Tomá, secate. Y comportate como un hombre ¿Querés?
Sergio tomó la servilleta. Y también la mano izquierda de Juli.
- ¿Qué hacés?
Lo miró con sorpresa. Si se hubiese abierto un portal a otra dimensión justo atrás del dispenser no se habría sorprendido tanto.
Sergio la miró con la ternura de un niño retado.
- Nada, perdón.
Pero no le soltó la mano.
- ¡Soltame ya mismo, Sergio!
Él tironeó rápidamente, con ambas manos, y la hizo girar de tal forma que, en un pestañeo, la team leader quedó inclinada boca abajo sobre la mesa del escritorio, con el brazo retorcido sobre la espalda.
Igual de rápido, sin darle tiempo a nada, le metió en la boca el pañuelo descartable y siguió completando con los currículums del escritorio. Los abollaba y se los iba metiendo en la boca mientras le sostenía el brazo izquierdo en un ángulo doloroso.
Cuando la boca de Juli ya no admitía más relleno, se detuvo. Saboreó por un momento verla así, vulnerable y ridícula.Colorada, con la boca inflada de papel, babeando sobre el escritorio, despeinada y confundida, Juli parecía tan inofensiva como un pajarito herido. Por un momento, casi sintió ternura. Cuando se dió cuenta que estaba apoyado contra sus nalgas, se le escapó una media sonrisa. Después le rompió el brazo.
- Prestá mucha atención a lo que te voy a decir, putita, porque no pienso repetirlo ¿Tengo tu atención? ¿Tengo tu atención?
Juli se retorcía del dolor y trató de indicar un "sí" con un pestañeo fuerte y un intento de asentimiento con la cabeza.
- Como bien dijiste, nadie nos ve ni nos escucha, así que no hay testigos de nada. Esto nunca pasó y la verdad que fue muy triste que te hayas partido el brazo por tropezar y caer en mala posición contra el escritorio. Pero no es mi culpa. No tengo nada que ver. Nada. Si me fui apenas firmaste la carta esa en la que recomendás al gerente del área de Cuyo mi inmediato ascenso a supervisor y el respectivo traslado a la capital de Mendoza. Pasa que como mis métricas han sido excelentes, vos pensaste que ya toqué techo aquí y ya se lo dijiste al gerente de acá y todo eso ¿Viste?
Juli abría tanto los ojos que parecía que estaban por irse rodando por el escritorio. Intentó gemir y levantó las cejas. No entendía nada.
- Ah, pero me imagino que en ese estado se te va a poner medio complicado lo de sentarte a redactar y tipear las cartas... bueno, menos mal que ya me tomé yo la molestia...
Puso en el escritorio un par de cartas impecablemente redactadas. Se las acercó a Juli y le puso la Bic en la mano. Ella firmó como pudo.
- Mmm... solías ser más prolija, Juli. Vamos a intentarlo de nuevo.
Guardó esas copias y puso otras nuevas sobre la mesa.
- Vamos a practicar caligrafía hasta que te salga una firma decente. Depende de vos.
Al cuarto intento, Sergio le quitó la lapicera azul. Juli comenzaba a relajarse. Estaba shockeada, al borde de la inconsciencia. El brazo, hinchadísimo, tomaba color morado amarillento. Sergio miró la Bic.
- ¿Nunca te metieron una de estas por el orto?
Ella se despabiló como si hubiera metido los dedos en un enchufe roto. Sacudía la cabeza, suplicante, la cara volvió a ponerse roja y le empezaron a caer lágrimas de nuevo. Sergio levantó la minifalda y bajó la bombacha. Puso la lapicera cerca de su cara y le dijo:
- Lo que va a ser difícil va a ser sacarla, especialmente, si la dividimos.
Quebró el boligrafo en tres partes. Juli se retorcía y se fruncía toda. Sergio le separó las nalgas y percibió que su ano bronceado y depilado, literalmente, se fruncía.
- Ya te gustaría, puta de mierda, pero no es mi onda.
Guardó los trozos de la Bic en el bolsillo, subió la bombacha, acomodó la minifalda. Acercó una silla y la sentó con cuidado. Le ayudó a sacarle el papel de la boca y lo guardó en su mochila. Sirvió un vasito con agua del dispenser y se lo acercó a Juli mientras le sobaba la espalda.
- Tomá despacito, no te ahogués.
***
- ¿Chicos? ¿Unos minus porfa? Gracias.
La sonrisa helada modulaba un volumen de voz penetrante que hacía mucho había dejado de ser mendocina. Apenas gesticulaba con una mano, señalando al muchacho delgado y de cabello oscuro, a su lado. El tono era neutro, gentil y desalmado como un cantante de números de quiniela. Pero más
cool. Barría con la mirada, lentamente, el laberinto color verde eléctrico y blanco desde donde era observada con expresión entre tímida y apática por un centenar de jóvenes. Los ojos celestes de Vale eran temidos en el piso 4.
- Quiero que le den un aplauso de bienvenida al nuevo Team Leader. Viene de Córdoba y se llama Sergio Alejandro. Tiene unas marcas excepcionales en ventas y va a estar a cargo del piso 4. Le pueden decir Ser. Espero que sean buenos y se lleven bien con él, miren que a Ser no le gusta la gente haragana ni dormilona ¿Eh? Si Ser pudo triplicar la métrica estandar en menos de seis meses, ustedes también pueden ¿Está clarísimo?
Y los chicos, claro, aplaudieron.